Ya han pasado las fiestas de Navidad y nos han dejado una genial impronta de fraternidad y amistad que tardará en desaparecer, pero el reloj es puntual y pasan los días y las horas sin pedirnos permiso. Digo yo que en algo se notará lo que hemos vivido; Dios está con nosotros, ha plantado su tienda en medio de nuestra vida y hemos contemplado su Gloria; hemos sido testigos de que ha cumplido su palabra, enviando al Mesías y nos ha desvelado su manera de hacer las cosas: con humildad, sencillez… Pues no hay que dudarlo, caminemos tras las huellas del Señor. Poneos en pie, levantad la cabeza y en marcha, a trabajar en la Iglesia y desde la Iglesia. Recordáis el documento que hemos publicado los Obispos españoles estos días atrás, allí podéis leer: “que la Iglesia se siente continuamente enviada más allá de sí misma para anunciar a todos la verdad y la cercanía de Dios, Padre universal de amor y vida, en la persona de Jesucristo, Salvador de todos… que la Iglesia cree que Cristo da a todo hombre, por su Espíritu, la capacidad de alcanzar la plenitud de su vida y que no hay bajo el cielo otro nombre del cual podamos esperar la salvación definitiva”. Conviene caer en la cuenta de que la urgencia es para cada uno de nosotros, apóstoles y testigos del amor de Dios, enviados por el Señor a anunciarle.
La urgencia en la evangelización es porque hemos tenido la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor nos ha tocado el corazón y nos ha despertado la necesidad de ayudar al prójimo. Dios me ama y cuenta conmigo para amar a los demás como Él los ama. El Señor se vale de nosotros para llegar a todos los hombres, aunque estén muy alejados, por eso no podemos cruzarnos de brazos, aunque nos rechacen, porque somos embajadores de Dios, la puerta abierta de la hospitalidad divina. Como cristianos tenemos por delante un horizonte ilimitado: estamos siempre en camino: vivir la vida filial y fraterna en Jesús, la entrega total a los demás, la unión con Dios, estar vigilando para crecer en santidad… nos hace ir más allá, hasta no tener descanso. Pero todo esto no es por mérito nuestro, sino por la gracia que nos ha regalado el Señor en el Bautismo. Crecer más en santidad es una exigencia que se nos impone a los cristianos, estamos obligados a ello, porque el que nos da la fortaleza, ilumina nuestro camino, perdona nuestros pecados y nos da a comer su Cuerpo y a beber su Sangre… es el Señor, Creador de cielo y tierra.
El Espíritu es quien asegura el éxito de nuestra entrega, no esta ajeno al crecimiento de nuestra vida apostólica, nos acompaña en todas las situaciones imaginables, es el mayor don que hace Dios al creyente. Siempre me ha gustado escuchar la voz de San Pablo, cuando dice: “Si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley” (Gal 5,18). ¡Qué hermosura más grande sentirse libre e independiente de toda atadura! Al cristiano, el Señor lo quiere libre e independiente de partidos e ideologías para hacer el bien, para vivir el proyecto de Dios, porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5). Por esta razón la característica que debe sobresalir en el creyente es la caridad, amor gratuito, que no se plantea alcanzar objetivos, sino para donarse.
En estos domingos siguientes, al comenzar la vida pública Jesús, oiremos más de una vez cómo invita a la gente a seguirle. Jesús llama al seguimiento, pero no pone tiempo de caducidad a esta invitación, es para siempre, se trata de una llamada a compartir su vida con luces y sombras, éxitos y fracasos, aplausos y persecuciones… hasta el final. Lo que realmente llama la atención es que quien sale beneficiado de esta entrega eres tú, porque eres el primero en participar de la persona de Jesús que se ha donado por completo.
No nos engañemos, seguir a Cristo supone andar por la senda estrecha y por el camino angosto, es cargar con la cruz cada día y olvidarte de ti, pero Dios no hace rebajas, al que espere que cuelguen el cartel anunciando GRANDES REBAJAS para ser discípulo de Cristo, debe abrir bien los ojos y avivar sus oídos, que Él habla muy claro y nítido. Os saluda y bendice,
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín