¿Llevá razón la persona que, con una seguridad pasmosa, respondió al que le estaba importunando con sus puntos de vista, criterios y formas sobre cómo debía reformar la casa y, además, sin dejarle hablar al interesado? El tormento que le producía oírle terminó con esta frase: “Dame el dinero y no me des consejos”. Son escenas de la vida ordinaria, la condición humana es la misma, incluso en casos de una transcendencia mayor, como los de la evangelización. A todos los hijos de Dios nos preocupa la predicación del Reino de Dios, pero no se le puede imponer a nadie, se les propone y se ofrece uno para ayudarles a encontrar la verdadera luz, que es Jesucristo. El método no es la palabrería, ni los largos discursos cansinos de salón de té, llega más ofreciéndole el testimonio vivo de tu vida experimentada en el sentido evangélico, dejando que hable el corazón que ama a Dios, aunque sea con palabras torpes.
En la Palabra se resalta la riqueza y eficacia de una vida humilde y sencilla, es la invitación que hace el Señor y nos llama dichosos, bienaventurados. Este es el estilo de Jesucristo, pobre y humilde en Belén, es más pobre y humilde en el Calvario y todavía más pobre en la Eucaristía. No hay ningún signo de soberbia o de poder humano que le acompañe: llega a nosotros como un niño pequeño, débil y frágil, como todos los niños, dependiendo de las personas que le rodean. En las narraciones evangélicas de la vida oculta y durante la vida pública se manifiesta pobre, humilde, débil… cuando manifiesta su poder en los signos prodigiosos y cuando le aclama la muchedumbre, él se oculta, se aleja de ese bullicio. No quiere el Señor que la gente se quede en lo superficial, sino que entiendan que el centro de atención es la Voluntad de Dios, que nuestra gloria es Dios. El que se queda solo en lo superficial no podrá entender una de las más profundas verdades evangélicas: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn12, 24). Nuestro Señor nos ha dado ejemplo, tanto es así, que “el que no cabe en todo el mundo, se encerró en las entrañas de una Virgen” (San Juan Crisóstomo, Catena Áurea, vol I).
Es significativa la segunda lectura de hoy, donde se nos hace caer en la cuenta de los escogidos por Dios: ha escogido lo necio de este mundo, para humillar a los sabios; a la gente que no cuenta, para anular a los que cuentan… Los criterios humanos no son los de Dios, los hombres buscan la eficacia, lo que puede ser medido, sujeto a las estadísticas; se valora lo que tiene o no tiene éxito palpable y visible… este afán da explicación a la tendencia de que los anuncios de los productos de la tele los suelen hacer los “famosos”, así aseguran las ventas, pocos se resisten al oculto deseo de imitarles. El cristiano católico entiende el estilo de Dios, el que ha vivido Jesús, y acepta el sufrimiento por amor al Altísimo, practica la caridad, hace obras de misericordia, vive el estilo de las bienaventuranzas, se entrega a la oración… en silencio, que solo se entere Dios. La humildad es el fundamento de todas las virtudes, “es la puerta por la cual pasan las gracias que Dios nos otorga” (Santo Cura de Ars, Sermón sobre el orgullo).
Te deseo que puedas vivir lo que Teilhard de Chardin escribió en una bella oración: “No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Quiere lo que Dios quiere. Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de su providencia”. Con mi bendición.
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín