A primera vista, una vez leídas las lecturas de este domingo, se resalta el poder de Dios para curar las enfermedades. Pero no termina aquí todo su sentido, todavía quedan más datos que nos acercan a Nuestro Señor. En primer lugar, salta a la vista cómo Jesús cumple escrupulosamente con las tradiciones de su pueblo, después de la curación envía a los sacerdotes al que había sido curado de la lepra, para que certificaran la curación y se pudiera incorporar a la vida de su pueblo. Por otra parte, te conmueve el ver cómo este leproso pide con dulzura al Señor: “si quieres, puedes limpiarme”, te estremece, porque se trata de una súplica llena de fe y de confianza, le está diciendo, sé que lo puedes hacer, que está en tus manos… Así, uno tras otro, encuentras signos de fe, de confianza en Dios. Este evangelio destaca el ejemplo de uno que busca a Dios y lo encuentra, y al mismo tiempo, enseña cómo debe acercarse el hombre a Dios, qué condiciones debe cumplir para encontrarse con ese Dios, para conocerlo y para unirse a él.
Sin duda que la experiencia nos animará a acercarnos a Jesucristo para que nos limpie de nuestras “lepras”, pero que nadie se extrañe si vuelve a decirnos, como al paralítico del evangelio, “tus pecados están perdonados”. Ya saben, lo importante no es tener el cuerpo “limpio”, sino el corazón. Recuerden las Bienaventuranzas predicadas por el Señor en el sermón de la montaña: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Si acudimos a Jesús, porque confiamos en Él, sabemos que nos pedirá realizar constantemente el esfuerzo de luchar contra las fuerzas del mal, contra las que empujan desde el exterior y las que actúan desde el interior de cada uno para apartarnos de Dios y, a partir de ese momento, dentro de tu ser se librará una batalla constante para que triunfe siempre la verdad, para que te alejes de la hipocresía. El contrario más directo de la pureza de corazón no es la impureza, sino la hipocresía, lo deducimos claramente del contexto del sermón de la montaña. Según el Evangelio lo que decide la pureza o impureza de una acción –sea ésta la limosna, el ayuno o la oración- es la intención: esto es, si se realiza para ser vistos por los hombres o por agradar a Dios.
Creo que es un tema muy importante y que el objetivo de nuestra oración debería estar centrado esta semana, y siempre, en pedir al Señor vernos libres de todo pecado, de nuestras “lepras” que nos mantienen alejados de los demás y de Dios. A este propósito decía el Papa Juan Pablo II en Polonia: “La pureza de corazón es, ante todo, don de Dios. Cristo, al darse al hombre en los sacramentos de la Iglesia, pone su morada en su corazón y lo ilumina con el «esplendor de la verdad». Sólo la verdad que es Jesucristo es capaz de iluminar la razón, purificar el corazón y formar la libertad humana… la pureza de corazón prepara para la visión de Dios cara a cara en la dimensión de la felicidad eterna… los limpios de corazón son capaces de ver en toda la creación lo que viene de Dios, en cierto sentido, son capaces de descubrir el valor divino, la dimensión divina, la belleza divina de toda la creación”.
El valor de la limpieza de corazón resulta sumamente necesario y actual, sin embargo, nuestra sociedad da muestras de ser una civilización de la muerte, porque quiere destruir la pureza de corazón, la verdad… y se queda embelesada en falsos intereses, en los ídolos o en los poderosos, “seres de polvo que no pueden salvar”. Una civilización que obra así hiere, e incluso destruye, una correcta relación entre las personas. Pido a Dios que os conceda la gracia de la limpieza de corazón.
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín