DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

 

En el Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia el Papa Juan Pablo II, entre otras cosas dijo: “Jesús resucitado se aparece en el Cenáculo a los discípulos y les ofrece el don pascual de la paz y de la misericordia. Meditando en la página evangélica de hoy, se comprende muy bien que la verdadera paz brota del corazón reconciliado que ha experimentado la alegría del perdón y, por tanto, está dispuesto a perdonar. La Iglesia presenta a su Señor las alegrías y las esperanzas, los dolores y las angustias del mundo entero. Y él ofrece como remedio eficaz la "Misericordia divina", pidiendo a sus ministros que sean instrumentos generosos y fieles de ella”. Os ofrezco en estas líneas algunas reflexiones que he buscado de acá y de allá para que os ayuden a profundizar en el sentido de este día.

Fue el Sumo Pontífice, Juan Pablo II, quien designó disponer que en el Misal Romano, tras el título del Segundo Domingo de Pascua, se añada la denominación "de la Divina Misericordia" (Fragmento del Decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 5 de mayo de 2000). En este mismo decreto se dice: "Se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que, en el domingo segundo de Pascua, llamado de la Misericordia divina, en cualquier iglesia u oratorio, con espíritu totalmente alejado del afecto a todo pecado, incluso venial, participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina o al menos rece, en presencia del santísimo sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, "Jesús misericordioso, confío en ti")". Hoy resplandece de manera sublime la bondad de Dios para con todos los hombres, resplandece especialmente su misericordia.

En la Encíclica “Dives in Misericordia” comenta el Papa, Juan Pablo II, que Cristo pues revela a Dios que es Padre, que es « amor », como dirá san Juan en su primera Carta; revela a Dios « rico de misericordia », como leemos en san Pablo. Esta verdad, más que tema de enseñanza, constituye una realidad que Cristo nos ha hecho presente. Hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia es en la conciencia de Cristo mismo la prueba fundamental de su misión de Mesías; lo corroboran las palabras pronunciadas por El primeramente en la sinagoga de Nazaret y más tarde ante sus discípulos y antes los enviados por Juan Bautista.

En base a tal modo de manifestar la presencia de Dios que es Padre, amor y misericordia, Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación. Como de costumbre, también aquí enseña preferentemente «en parábolas», debido a que éstas expresan mejor la esencia misma de las cosas. Baste recordar la parábola del hijo pródigo o la del buen Samaritano y también —como contraste— la parábola del siervo inicuo. Son muchos los pasos de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el amor-misericordia bajo un aspecto siempre nuevo. Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada o la mujer que barre la casa buscando la dracma perdida. EL evangelista que trata con detalle estos temas en las enseñanzas de Cristo es san Lucas, cuyo evangelio ha merecido ser llamado «el evangelio de la misericordia».


            + José Manuel Lorca Planes
           Obispo de Teruel y de Albarracín



 
Don José Manuel Lorca Planes
 
 
 

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