Me ha gustado mucho la frescura con la que el Papa, Benedicto XVI, ha hablado a los jóvenes y seminaristas de América en este Viaje Apostólico. Su mensaje es realista y lleno de esperanza, les ha dejado claro que la verdadera realidad está en Cristo, pero que no se descuiden, que abran bien los ojos, porque el poder destructivo del mal permanece y las tinieblas empañan la vida de muchos. Pero que no tengan miedo, que este poder destructivo jamás triunfará; ha sido derrotado por Jesucristo, su Victoria sobre el pecado y la muerte es motivo de esperanza para nosotros. Ha sido precioso cómo el Papa les ha explicado la esencia de nuestra esperanza que nos distingue como cristianos, haber descubierto a Cristo. Nuestro Señor es la Verdad, una verdad no impuesta. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo.
Un poco más adelante les decía el Papa a los jóvenes: La luz de Cristo les invita a ser estrellas-guía para los otros, marchando por el camino de Cristo, que es camino de perdón, de reconciliación, de humildad, de gozo y de paz. Yo pensaba para mis adentros lo bien que nos viene esto, también a los mayores. Eso de ser estrella-guía lo que compromete… al menos, a evitar la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, de dudar de la fuerza del esplendor de Cristo, de limitar el horizonte de la esperanza. La llamada del Papa es explícita: Dejen que su fantasía se explaye libremente por el ilimitado horizonte del discipulado de Cristo.
¿No les parece un proyecto fantástico de vida? Pero si alguien está aún pensando cómo ponerse en marcha, la Palabra de Dios de este domingo nos habla del Espíritu de la Verdad, que nos ayuda a aceptar y guardar los mandamientos. El Espíritu Santo es nuestro defensor, que nos protege y nos fortalece en la fe. El nos anima y empuja a hablar de Jesús a ser sus testigos a dejar de tener miedo.
Muchas veces lo que nos paraliza no es el hablar sino el qué decir. Estas situaciones nos denuncian a las claras nuestra vaciedad interior, porque cuando uno lleva dentro de sí un volcán es imposible hacerlo callar, cuando uno está lleno del Espíritu del Señor tiene mucho que decir. Un apóstol debe ser, al mismo tiempo, modesto, dulce, amable en su relación con los otros, pero intrépido para decir a cada uno lo que se le debe decir. Pablo nos da ejemplo en el coraje para hablar cuando nos declara que él no se ha acobardado nunca de decir lo que debía (Ac 20,20). El sentido de acobardarse se entiende así: que nunca ha disimulado, que no ha tenido miedo a los inconvenientes que pueden resultar de hablar con mucha sinceridad. No acobardarse dice también de hablar con franqueza. Pablo ha entendido eso de "dejar de tener miedo", ya no tenemos razones para tener miedo, porque las palabras de Jesús le dan seguridad: "Yo estaré contigo". El Espíritu Santo es el que hace descubrir esa seguridad para hablar, es el que te da la "santa audacia", que permite al apóstol seguir hablando, sin preocuparse de las dificultades que la franqueza le pueda ocasionar.
Creo que tenemos motivos sobrados para confiar, así que os encomiendo a la acción del Espíritu Santo y rezo para que no os falte nunca la confianza. Dios os bendiga.
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín