Hoy celebramos la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, el hombre que Dios había designado como el precursor de Jesús. Cumplirá un papel importante preparando los corazones de todo el pueblo para que pudieran acoger al que de verdad venía con palabras de Vida. Juan invita a abrir los oídos, a la escucha. Y la Palabra ha venido y ha acampado entre nosotros.
Es siempre la eterna recomendación y seguro que no lo hemos oído por primera vez, nos suena a familiar la invitación a ponernos a la escucha de la Palabra. Pero, ¿qué explicación tiene? Hay una razón, que la descubrimos rápidamente cuando nos ponemos en contacto con la Escritura: que la Palabra es fuente de vida. Veamos un texto significativo de Hechos de los Apóstoles: "Y ahora yo os dejo en manos de Dios y de la Palabra de su gracia, que es poderosa para edificar y para dar la herencia entre todos los que han sido santificados" (Hch 20,32.). Las afirmaciones son rotundas: “Os confío a la Palabra”, “Es poderosa para edificar”, “Da la herencia a los santificados”.
“Os confío a la Palabra”. Con esta expresión nos sugiere Lucas, autor de los Hechos de los Apóstoles, que la Palabra tiene entidad propia para dar vida y para cuidar al creyente. Es Dios mismo el que cuida. Fijémonos en el prólogo del Evangelio de San Juan.
Otro libro del Nuevo Testamento, que nos revela el valor de la Palabra es la carta a los Hebreos (Hb 4, 12-13): "La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de Aquél, a quién hemos de rendir cuentas". La Sagrada Escritura no queda en letra muerta, sino que juzga los deseos e intenciones del corazón, no vuelve a Dios vacía, sin haber cumplido su fin (Hb 4, 12-13). La actitud nuestra es de respuesta a Dios, de dejar que la Palabra empape todo nuestro ser, dejándola fructificar (Is 55,10) con frutos de fe, esperanza, caridad y perseverancia.
Muchas veces lo que nos paraliza no es el hablar sino el qué decir. Estas situaciones nos denuncian a las claras nuestra vaciedad interior, porque cuando uno lleva dentro de sí un volcán es imposible hacerlo callar, cuando uno está lleno del Espíritu del Señor tiene mucho que decir. Un apóstol debe ser, al mismo tiempo, modesto, dulce, amable en su relación con los otros, pero intrépido para decir a cada uno lo que se le debe decir. Pablo nos da ejemplo en el coraje para hablar cuando nos declara que él no se ha acobardado nunca de decir lo que debía (Ac 20,20). El sentido de acobardarse se entiende así: que nunca ha disimulado, que no ha tenido miedo a los inconvenientes que pueden resultar de hablar con mucha sinceridad. No acobardarse dice también de hablar con franqueza. Pablo ha entendido el "mê phoboû", que no es "no temas", sino "deja de tener miedo", ya no tienes razones para tener miedo, porque las palabras de Jesús le da seguridad: "Yo estaré contigo". El Espíritu Santo es el que hace descubrir esa seguridad para hablar, es el que te da la "santa audacia", que permite al apóstol seguir hablando, sin preocuparse de las dificultades que la franqueza les pueda ocasionar.
Que San Juan Bautista os ayude a descubrir la generosidad para hacer siempre la Voluntad de Dios, aunque sea en silencio, sabiendo conviene que Él crezca y nosotros disminuyamos. Os saluda y bendice,
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín