Jesús hizo una pregunta: ¿quién se ha portado como prójimo? No parece que fuera difícil la respuesta, lo importante es que se responda bien. En el caso del evangelio que hemos leído hoy la respuesta ha sido acertada: el que se portó como prójimo fue el que practicó la misericordia. Es tan acertada la respuesta que inmediatamente viene la propuesta del Señor: Haz, tú lo mismo. Yo he citado muchas veces la propuesta del Papa, Benedicto XVI, acerca de cómo debe ser nuestro amor a los demás, un amor samaritano, es decir, misericordioso. Ahora entendemos el por qué de la importancia del amor samaritano, “Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36), nos ha dicho Jesús. Esta es la voluntad de Nuestro Señor, no debemos tener dudas, ni vacilar por dónde hemos de caminar.
Cada página del Evangelio nos da muestras de que el Señor no pasa de largo, de que realmente está cumpliendo lo que ha venido a hacer, salvar lo que estaba perdido, cargar sobre sus espaldas con nuestras miserias, con nuestras cruces, nos consuela, cura, anima, nos alimenta… La misericordia es el tema importante en su predicación, recordad la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), la del buen samaritano (Lc 10,30-37). Juan Pablo II, en la Encíclica “Dives in misericordia”, argumentaba también: Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada ( Mt 18, 12-14) o la mujer que barre la casa buscando la dracma perdida (Lc 15, 8-10). San Gregorio Magno escribe que “La Misericordia divina no nos abandona, ni aun cuando la abandonamos” (Hom. 36, sobre los Evangelios). San Gregorio puede decir eso, no como fruto de su sabiduría, sino porque conoce tanto la Palabra de Dios que no le ha pasado por alto el salmo 33: “de la misericordia de Dios está llena la tierra”. Así que si queremos seguir siendo imagen de Dios debemos ser misericordiosos: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzaran misericordia” (Mt 5,7).
El ejemplo más claro de que la misericordia es hija del amor está en la sabiduría de caridad que nos hace vivir la Iglesia y desde pequeños aprendimos: Las obras de misericordia son catorce, siete espirituales – Enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rogar a Dios por los vivos y difuntos- y siete corporales –Visitar y cuidar los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, redimir al cautivo y enterrar a los muertos. La misericordia nos libra de la ideología, porque los pobres y necesitados están aquí, entre nosotros, por tanto es aquí donde debemos gastarnos en la entrega, igual que Nuestro Señor, hasta dar la vida.
Animo y felicito a todos los voluntarios de las organizaciones de caridad, porque habéis entendido el mensaje del Señor y escribís bellísimas páginas en el libro de la vida, aunque, para el mundo, paséis inadvertidos… sabed que Dios es buen lector y conoce bien vuestro corazón de oro. Esto es lo que importa. Dios os bendiga a todos.
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín