Ha pasado el verano como un relámpago

 

Pasado el verano como un relámpago, volvemos a recuperar el ritmo de nuestros encuentros semanales, seguiremos mejorando nuestra pertenencia a la Iglesia y, aunque para esto no hay vacaciones, seguiremos creciendo en nuestra entrega fiel a Dios. La filiación divina y el don del Espíritu Santo nos dan seguridad en la vida y capacidad para saber reaccionar ante las dificultades. Demos gracias a Dios por el regalo de ser cristianos, por conocer a Nuestro Señor y por saber que su misericordia no tiene límites.


Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad… hazte pequeño en las grandezas humanas”, acabamos de leer en la primera lectura del Eclesiástico. ¿No les parece que es una consigna maravillosa para comenzar el año? A mí me parece estupenda la determinación de aceptar la humildad como estilo. Tengo mis razones, la primera es que Jesucristo nos ha dado ejemplo de humildad: Ha buscado siempre hacer la voluntad de su Padre, nunca pretendió llamar la atención sobre si mismo sino dar gloria al Padre. Al final murió en la Cruz. Nos dijo: "Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón". Nadie tuvo jamás dignidad comparable a la de Él y nadie sirvió con tanta solicitud a los hombres: yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue siendo ésa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. ¿Servimos nosotros a los demás, en la familia, en el trabajo, en esos favores anónimos que quizá jamás van a ser agradecidos? El Señor después de lavarles los pies a sus discípulos - para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros (Jn 13, 15), nos deja una suprema lección para que entendamos que si no somos humildes, si no estamos dispuestos a servir, no podemos seguir al Maestro.


Prestad mucha atención que el mundo vende el amor propio, el egoísmo y la soberbia como cosas que están de moda, lo interesante, lo que se lleva… y suele despreciar al humilde y sencillo de corazón tratándolo de “tonto”. No caigáis en la trampa. La soberbia es la afirmación aberrante del propio yo. Fijaos por qué una persona soberbia no puede ser cristiana: El hombre humilde, cuando localiza algo malo en su vida puede corregirlo, aunque le duela. El soberbio al no aceptar, o no ver, ese defecto no puede corregirlo, y se queda con él. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado: la familia, los amigos, el lugar donde trabaja... La gravedad de este pecado de soberbia y de egoísmo está en que nos ciega y nos cierra el horizonte de los demás, nos incapacita para la caridad y para amar; la humildad abre constantemente todos los caminos hacia el hermano en atenciones, en detalles prácticos y concretos de servicio. Escuchad con mucha atención el Evangelio de hoy.


Os quiero recordar también, que en estos primeros días de septiembre va a comenzar el curso escolar de muchos niños y jóvenes, ya saben lo que supone eso: preparativos, adaptación, materiales escolares, nuevos libros… iniciar nuevas aventuras, para los chicos; pero a los padres les queda la decisión de ejercer su derecho a elegir la educación  más adecuada para sus hijos. En estos meses de verano se han oído muchas cosas acerca de que si la Iglesia se opone a la democracia, no le importan los valores democráticos, que desprecia el dialogo, la convivencia, la participación, solo quiere dominar las conciencias… bueno, por lo absurdo no necesita contestación, porque contra eso no va nadie, el problema es otro: que os dejen decidir a vosotros, sin amenazas.

Con mis mejores deseos y bendición,

 

          
            + José Manuel Lorca Planes
           Obispo de Teruel y de Albarracín

 
Don José Manuel Lorca Planes
 
 
 

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