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Así son los hijos de la Iglesia |
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Este domingo estaremos unidos en la Eucaristía para dar gracias a Dios por el testimonio de los mártires que hoy son beatificados en Roma. No son difuntos recordados, sino testigos de la fe y de una fe probada en el crisol del perdón. Inocentes que no quisieron renunciar a Jesucristo y por el solo delito de ser cristianos los sacrificaron; heraldos que proclamaron la Vida, sellándola con su muerte; discípulos que siguieron los pasos del Maestro, hasta derramar la última gota de su sangre… ¡Bienaventurados los que han lavado sus túnicas con la Sangre del Cordero! “Los mártires, dicen los Obispos españoles, son personas de todos los ámbitos sociales, que han pasado su existencia haciendo el bien y que han sufrido y han muerto renunciando a salvar su vida y perdonando a quienes los maltratan, nos sitúan ante una realidad que supera lo humano y que nos invita a reconocer la fuerza y la gracia de Dios actuando en la debilidad de la historia humana.”
En el documento citado, fruto de la LXXXIX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, se dice: “En la Iglesia, las persecuciones son signo y condición de la victoria definitiva de Cristo y de los suyos: poseen un significado escatológico, aparecen como un adelanto del juicio y de la instauración completa del Reino (cf. 1 Pe 4,17-19), y preludian el triunfo de la vida sobre la muerte y el nacimiento de unos cielos nuevos y una tierra nueva (cf. Ap 6,9ss; 7,13-17; 11,11s; 20,4ss)”. La Iglesia gozó de un crecimiento enorme, en sus comienzos, como fruto de las persecuciones. Son dolorosas y han causado mucho sufrimiento injusto, pero también han dado mucho fruto. La persecución aparece siempre como consecuencia del pecado de los hombres, ilusos que quieren arrebatarle el lugar a Dios y no han caído en la cuenta que no se le puede vencer.
Uno a uno, cada caso ha sido estudiado meticulosamente, se ha pedido el testimonio de los testigos y podemos destacar como rasgos comunes de estos nuevos mártires los siguientes: fueron hombres y mujeres de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Santísima Virgen; por ello, mientras les fue posible, incluso en el cautiverio, participaban en la Santa Misa, comulgaban e invocaban a María con el rezo del rosario; eran apóstoles y fueron valientes cuando tuvieron que confesar su condición de creyentes; disponibles para confortar y sostener a sus compañeros de prisión; rechazaron las propuestas que significaban minusvalorar o renunciar a su identidad cristiana; fueron fuertes cuando eran maltratados y torturados; perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos; a la hora del sacrificio, mostraron serenidad y profunda paz, alabaron a Dios y proclamaron a Cristo como el único Señor. Este es el perfil que se le reconoce a mi antecesor en esta Diócesis de Teruel y de Albarracín, el Beato P. Polanco, al que le tengo encomendadas las vocaciones sacerdotales para servir a su Diócesis,desde el cielo.
También hoy es un día de júbilo, porque son los mejores hijos de la Iglesia, los que nos han abierto camino en fidelidad a Dios, Nuestro Señor; hombres y mujeres de paz, de corazones grandes y generosos, que no sólo nos dieron el Evangelio, sino hasta la propia vida. Ahora tenemos más intercesores en el cielo. Que este día sea una oportunidad para afianzarnos en la fe, ganemos en confianza en Dios, que nunca nos abandona y practiquemos la caridad como estilo de los hijos de Dios.
Os bendice, desde Roma, en comunión con el Santo Padre, Benedicto XVI,
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín
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