Se necesitan testigos

 

Habréis podido observar, en la Palabra de esta semana, la insistencia en la Vida, después de la vida, es decir, en la Resurrección, cuando en el relato del segundo libro de los Macabeos, los valientes chicos se mantuvieron en fidelidad y rechazaron, uno tras otro, la posibilidad de “salvarse” de la muerte. Es admirable cómo dieron razón de su fe y cómo prefirieron morir, antes que renunciar a Dios, diciendo: “vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”. Esto pasó, unos doscientos años antes del nacimiento de Cristo, durante la persecución de Antíoco IV Epífanes, con los seleúcidas. Este texto me ha traído a la memoria la visita que hice, en Barbastro (Huesca), al Seminario Mártir, como le llamó el Papa Juan Pablo II, donde están los recuerdos de los 51 jóvenes seminaristas claretianos que murieron dando testimonio de su fe y perdonando a sus perseguidores, como consta en una de las cartas que allí se conservan: “Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto; cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantar y ponernos en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia y, cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que los ataban y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada. Cuando van en el camión hacia el cementerio les oímos gritar: ¡Viva Cristo Rey!”… No hay otra razón, es la fe en la resurrección y en la Palabra de Dios la que da explicación para poder soportar el sufrimiento.

Atended a lo que dice San Pablo en la primera carta a los Corintios: “¿Cómo dicen algunos que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. [...] Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido. [...] Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo Resucitó de entre los muertos: el primero de todos.» (1 Cor 15,12-13. 17. 19-20). Un cristiano no pasa esto por alto, porque lo está proclamando cada vez que reza el credo: “creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna…”. Dios nos ha regalado la vida y nos ha creado para la vida; para una vida eterna, porque la vida surgida de ese Amor creador, que Dios es, conlleva una promesa de eternidad.

Queridos hermanos, en este mundo tan inmanentista y que promociona tanto las cosas de aquí abajo, despreciando alegremente la fe, necesita testigos de la Resurrección del Señor, creyentes que en la vida, la predicación, la catequesis y en la enseñanza de la religión católica propongan, con toda su riqueza, la esperanza cristiana en la vida eterna. Es importante no olvidar lo esencial y mantenernos cimentados en el Credo. La fuerza del Espíritu sale a tu encuentro, como hemos escuchado hoy, nos consuela internamente y nos da fuerza para toda clase de palabras y de buenas obras. Si te fías de la Palabra, vuelve a escucharla y verás cómo Dios es fiel y nos libra del malo.

Creo, sinceramente, que es necesario ponerse manos a la obra y prepararse, con una buena formación, para saber dar razón de tu fe y no sentirte perdido. La Diócesis de Teruel y de Albarracín tiene unos recursos de formación sencillos, pero eficaces, para todos, a todos los niveles, mediante catecumenado de adultos, cursos para agentes de pastoral, estudios monográficos… como podéis ver en nuestra página Web (www.diocesisdeteruel.org). En las parroquias os pueden informar a los interesados. Anótalo para que no se te olvide.
Contad con mi bendición,

                                              


            + José Manuel Lorca Planes
           Obispo de Teruel y de Albarracín

 
Don José Manuel Lorca Planes
 
 
 

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