Hoy es un día solemne, Solemnidad de Cristo Rey. Con esta fiesta damos por concluido un año litúrgico y la Iglesia nos invita a contemplar a Nuestro Salvador y Redentor, Cristo, en el horizonte de nuestras esperanzas y vida. Cada uno debería repasar todos los acontecimientos de gracia vividos en un año, para darnos cuenta de las oportunidades que nos ha regalado Dios, oportunidades de misericordia, amor y salvación. Podremos comprobar cómo Dios ha salido siempre a nuestro encuentro invitándonos a tener seguridad en Él; cómo ha estado junto a nosotros en la barca, en los momentos de peligro; o invitados a su mesa, lavándonos los pies; cómo ha caminado entre nosotros, al atardecer, explicándonos las Escrituras y cómo nos ha salvado de todas las angustias. Los israelitas conocían esta sabiduría y el mismo mensaje de confianza: “Salid mañana al encuentro de ellos, pues Yahvé estará con vosotros” (2Mac 20,17); en muchas ocasiones la invitación era específica: “¡No temáis ni os asustéis!” (2Cro 20,17); también en el Nuevo Testamento: `¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!' (Mt 25,6). Como guerrero o esposo, maestro o amigo y compañero de viaje está cercano y nos señala la puerta angosta de la santidad, de la resurrección y de la vida. Así es la realeza de Jesucristo.
Os propongo leer los relatos de la Pasión que nos ofrecen los Evangelios, para comprender este título de Nuestro Señor; si, es preciso leerlos para entender la clave esencial de la misión de Cristo. Ya recordaréis cómo Pilato le pregunta abiertamente: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (…) Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí.» (Jn 18,53ss). Las cosas planteadas por Dios son diferentes a las de los hombres, así que comenzad por borrar la imagen de los reyes de la tierra, a la hora de pensar en Jesús, porque no se trata de eso. Jesús es Rey clavado en la Cruz, su corana es de espinas y su cetro es insignificante. No tiene el Señor armas, ni ejércitos preparados para defenderle… no los necesita. Su fuerza es el amor, un amor entregado, un amor redentor. Así es la realeza de Jesucristo.
La realeza de Jesús se distingue en la humildad, en la sencillez de vida y nos ha dado ejemplo para que aprendamos. El Papa, Juan Pablo II, el 2 de septiembre del 2001, decía que «el Reino de Dios ha sido preparado eficazmente por las personas que desempeñan seria y honestamente su actividad, que no aspiran a cosas demasiado elevadas, sino que se pliegan con fidelidad cotidiana en las humildes». Más adelante, sigue diciendo el Papa: «La mentalidad del mundo, de hecho, lleva a emerger, a abrirse camino quizá con picardía y sin escrúpulos, afirmándose a sí mismos y los propios intereses. Las consecuencias están ante los ojos de todos: rivalidades, abusos, frustraciones». Por el contrario, «En el Reino de Dios se premia la modestia y la humildad». Yo creo que lo que dice San Pablo a los de Tesalónica nos enseña el modo de proceder para un cristiano: "Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas" (1 Tes 2, 7-8).
Celebrad este día con solemnidad, dad gracias y bendecid a Dios, porque no se olvida de nosotros, pero no olvidéis que sin humildad y espíritu de servicio no es posible la caridad ni la santidad: “los instrumentos de Dios son siempre los humildes” (SAN JUAN CRISOSTOMO, Homilías sobre San Mateo, 15). Que Dios os colme de sus gracias,
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín