Ya ha pasado una semana de este recién estrenado Adviento y es imposible detener el reloj para “tomarse un tiempo”, por esto se entiende la urgencia de los textos de la Palabra de Dios para la conversión. No hay intención de asustar a nadie, sino de ponernos delante del ritmo del cronómetro, de nuestras horas y días y seamos responsables. Soy consciente de que estoy hablando a cristianos, a personas que tenéis conocimiento de Jesucristo, por esta razón es más urgente la llamada de atención, para que no os dejéis llevar, actuando como los hombres sin esperanza. En la segunda lectura de hoy se nos urge, por confiar en la Palabra de Dios, a mantener la esperanza.
Viene bien leer ahora la Encíclica que nos ha regalado el Papa, cuyo tema central es la ESPERANZA, porque su contenido nos ayudará a todos. El título de la Encíclica está sacado de la Carta del apóstol San Pablo a los Romanos, «en esperanza fuimos salvados» (8, 24), y destaca como «elemento distintivo de los cristianos el hecho de tenemos futuro, de que la vida «no acaba en el vacío» (2). El Santo Padre, consciente de la realidad en la que nos estamos moviendo y de los desencantos a los que nos está llevando este loco mundo, ha querido salir al encuentro del hombre levantando una luminosa señal en su camino, que le oriente desde la verdad, diciendonos que la «crisis actual de la fe», es decir, la desorientación en la que han caído muchos, el empeño de buscar soluciones fuera de Dios a lo largo de la historia, «es sobre todo una crisis de la esperanza cristiana» (17).
No lo dejéis para mañana, id a la librería más próxima y comprad la Encíclica, que será el mejor regalo que os podréis hacer en estas semanas de Adviento, por el bien que os proporcionará. Leeréis cosas bellísimas y os animará mucho a seguir dando gracias por el regalo de la fe y de la esperanza. Dice el Papa, al comienzo: “Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (3). La esperanza fiable no es, sino “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza”, saber de Dios, quererle, sentirte amado y saber, con la experiencia, que “quien a Dios tiene nada le falta, que solo Dios basta” tal como lo escribiera Santa Teresa de Ávila.
No deja de seducirnos, en la misma Encíclica, algunos testimonios de personas, cuyas vidas nos las pone el Papa, en buena pedagogía, como ejemplos de esperanza: Muestra qué es la esperanza cristiana presentando el ejemplo de la esclava sudanesa santa Giuseppina Bakhita, nacida en 1869 en Darfur, quien decía «yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera» (3); recuerda el testimonio del cardenal Nguyen Van Thuan, quien durante trece años estuvo en las cárceles vietnamitas, nueve de ellos en aislamiento: «en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza» (32-34).
Termina la Encíclica poniendo tres “lugares” para el aprendizaje y ejercicio de la esperanza, uno es la oración: «Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios» (n. 32); otro lugar es el actuar y el sufrir; y el tercero es el juicio de Dios, que ordena la vida del creyente. La recomendación está hecha. Dios os bendiga,
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Teruel y de Albarracín