En Al ritmo de los acontecimientos


Cada mañana de estos cuarenta días de Cuaresma tendremos que abandonarnos. Es decir tener la experiencia de ser pobre y pecador. Ya sé que es una experiencia difícil de descubrir y además yo no sé cómo explicártela, pues es la experiencia del desierto. En definitiva es la desposesión para ser habitado por el Espíritu.

Seguro que me dices ¡ya te escucharé mañana! Es lo propio cuando nos vemos atacados, la mejor defensa ¡la huida!, que dicen los budistas. Pero no es nuestro caso. Vuelvo a la carga y disparo de nuevo: ¡ponte frente a la Zarza Ardiendo!  Pues esta es la madre de todas las batallas, el examen del amor.

Dice el abad Paul Houix, un monje que sabe de desiertos, comentando 1 Corintios 13…  Que dices que hablas las lenguas del mundo y ¿qué haces con los pobres que te pertenecen? Que si tienes el don de profecía ¿y cómo soportas el pecado de tu civilización? Que si el Señor te ha dado carismas ¿y cómo muestras a los demás los frutos de tu amor? ¡Entra en el desierto!

El desierto es el lugar del encuentro con Dios: espacio sin vida, sin caminos, sin oasis, sin pueblos, de inmensos horizontes abiertos, de soledad. El desierto te desorienta porque cambia de forma con el movimiento de las dunas, a no ser que sea de piedras como el de Jesús, que además no posee ninguna belleza estética, sólo desolación.

No hace falta irse muy lejos, ni siquiera retirarse unos días en un convento. A nuestro alrededor tenemos situaciones de despojo, aquellas en donde uno se siente sólo y abandonado.  Te doy algunas pistas. El desierto de la enfermedad, de la soledad, del paro y muchas veces del propio trabajo, de la vida en comunidad, a veces del desamor, del sin sentido, de la no-oración y del vacío, del agobio, de las justificaciones creíbles, de los vértigos, de tocar fondo, de la tentación, del pecado… y de la puerta que se niega a abrirse del encuentro con el Dios de la misericordia.

Quizás durante estos días debíamos poner un signo en casa que nos recuerde que estamos en guerra, que hemos decidido ir al desierto. Puede ser la Biblia abierta en un lugar visible,  cada semana la vas adornando con un cirio, unos guijarros, unas flores secas… Lo importante es recordar en qué nos hemos metido y cada vez que nos topemos con el símbolo nos sentiremos tocados, quizás, salvados.

Pues del desierto saldremos heridos en lo más profundo de nuestro ser, pero será una herida de amor, el mismo fuego que llevaban en su corazón aquellos discípulos de Emaús que les empujó a dar testimonio y a comprometerse. Que así sea.

¡Ánimo y Adelante!

+ Antonio Gómez Cantero
Obispo de Teruel y Albarracín

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