¿Existe la verdadera felicidad?: La alegría sacerdotal

Alegría de la perfecta asimilación del Verbo: de realizar plenamente la imagen de Cristo en la tierra, de asimilar su alma filial, sacerdotal y de víctima. De ser plenamente Cristo a los ojos del Padre. Por consiguiente, ser su permanente y sustancial glorificación.

Alegría de ser mediador: de realizar la idea fundamental de la mediación de Cristo: hundido en la Trinidad y hundido en los hombres. De ser la síntesis de la humanidad ante el Padre. Experimentar la alegría inagotable y siempre nueva de la Liturgia: de la Misa y del Breviario.

Alegría de ser ministro y dispensador, es decir, instrumento vivo de la Trinidad. No sólo representante. El ministerio sacerdotal no es una simple legación, sino una verdadera instrumentalidad viva. En la misma línea de la instrumentalidad sacramental y de la instrumentalidad física de la Humanidad de Cristo. Aunque en un plano de causas segundas: sólo la Trinidad es causa principal de la gracia; la Humanidad de Cristo es causa instrumental primera; los sacerdotes y los sacramentos son causa instrumental segunda. «La definición del ministro es idéntica a la del instrumento».

Alegría de darse siempre: de sentir que las almas lo van devorando en la caridad y que Dios mismo lo va consumiendo en el amor. Alegría de sentir que su vida va siendo fecunda, no en la medida en que aparece y brilla, sino en la medida en que se entierra y se ofrece. Alegría de saber que somos útiles cuando el Señor nos inutiliza.

Alegría del desprendimiento, de la liberación: de no pertenecerse, sino de pertenecer a la Iglesia y a las almas. De no ser dueño de sus cosas, de su tiempo, de su salud y de su vida.

Alegría de la virginidad sacerdotal: cuando la castidad es plenitud espiritual y no ausencia o represión. Es plenitud de amor y condición de verdadera paternidad. Es participación de la virginidad fecunda y luminosa del Verbo y de María Santísima.

Alegría de saberse amado particularmente por el Padre: porque el padre no ama sino a Cristo. Y el sacerdote es plena realización de Cristo.

Alegría de la cruz: porque sabemos que entonces es infaliblemente fecundo nuestro ministerio. Y en la medida de la cruz está la medida de nuestro gozo. San Ignacio Mártir escribe a los Romanos: «Oh, hermanos míos, no queráis poner obstáculos a mi felicidad, no me quitéis esta alegría».

Cardenal Eduardo Pironio