El Señor nos llama a ser cristianos entre los cristianos y testigos de Dios en el mundo. La llamada viene de Dios, por medio del Espíritu, la contemplación del rostro de Cristo, la interiorización de la Palabra de Dios y en el ejercicio de la caridad. Nos sentimos llamados a poner a Dios en el centro de nuestra vida. Pero, luego, uno debe hacerse esta pregunta, ¿Cuál es mi vocación?¿a qué me llama el Señor?...
La Vocación común de todos los cristianos, por la gracia del Bautismo, nos invita a vivir, conservar y defender la condición de hijos de Dios, es decir, a amar y servir. El Evangelista Mateo nos recuerda las palabras de Jesús acerca del tipo de vocación: “sed santos, como vuestro padre es Santo” (Mt 5,48). El cristiano lleva dentro su condición de sacerdote, profeta y rey, tareas de servicio para las que le fortalece el Señor.
Los cristianos laicos buscan predicar el Evangelio en el mundo, a través de todas las realidades humanas: en el trabajo, en la familia, en el descanso, en las diversas relaciones humanas. Los laicos que reciben la vocación al Matrimonio se unen por medio de este sacramento y testimonian, con sus vidas la alianza de Dios con la humanidad, así como el amor de Cristo por su Iglesia, hasta dar la vida.
Ser sacerdotes, es una manera peculiar, para los hombres de vivir su vida cristiana, al servicio de la misión de la Iglesia. Son llamados por Dios, de entre los hermanos bautizados, para este ministerio y la llamada del Obispo les introduce en el camino de servicio a la Iglesia y al mundo, como sacerdotes del Señor. Los sacerdotes son los colaboradores más directos del Obispo en el servicio pastoral de una Iglesia y son signos de la presencia de la luz de Dios en todas partes, pero especialmente, donde ejercen su ministerio de caridad.
Los sacerdotes son ministros de la comunión y de la misión, a la manera de Cristo Buen Pastor: predican la Palabra de Dios y celebran los sacramentos de la vida. El sacerdote esta llamado a dar la vida por sus hermanos y se siente plenamente realizado en el ejercicio de la caridad pastoral, no necesita más. El exponente mayor de una vida entregada a su pueblo es que ha sido capaz de renunciar a formar una familia, porque su familia es todo aquel que se le ha encomendado. Vive el celibato y la castidad, como donación y gracia, como un signo profético.
La formación de un sacerdote es cuidada y lleva tiempo, por el gran respeto que nos merece el encargo del Señor.
Los religiosos y religiosas son hombres y mujeres que han decidido dejar, también, a un lado la vida ordinaria para estar más disponibles a Dios y vivir orientados al Padre, a la manera de Cristo. A lo largo de los siglos, el Espíritu Santo ha suscitado nuevas formas de vida religiosa para responder a las necesidades de la sociedad y de la Iglesia, con la riqueza de innumerables carismas, que les definen, por ejemplo, franciscanos, clarisas, jesuitas, carmelitas, dominicos… Muchos hombres y mujeres nos sirven de ejemplo de santidad, tanto en estos carismas, como en los nuevos que surgen hoy.