Virtudes de ayer para el laicado de hoy

 

En el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, me ha parecido sugerente recordar las virtudes de un laico santo del siglo XIII. A pesar del tiempo y de la distancia cultural que nos separan, sus virtudes son muy actuales.

San Fernando destacó especialmente por su justicia. Fue un rey que gobernó con equidad, buscando siempre el bienestar de sus súbditos, independientemente de su estatus social. En una época como la España feudal del siglo XIII, marcada por profundas desigualdades, aplicar justicia no era tarea fácil y sin embargo él lo logró. Hoy, en nuestra sociedad moderna, esta virtud sigue siendo fundamental, ya que a menudo prevalecen intereses personales o ideológicos por encima de la auténtica justicia.

Su valentía como líder militar es otra de las virtudes que hoy siguen siendo necesarias. En la actualidad, se requiere coraje para afrontar los problemas, sin huir de las dificultades, y para anteponer el bien común a la comodidad personal.

La humildad de San Fernando fue igualmente notable. Vivió de manera sencilla, sin lujos ni ostentaciones, lo que le permitió conectar con su pueblo. Esta humildad es esencial, porque si algo tenemos es porque lo hemos recibido, y hemos de utilizarlo no tanto para ser servidos, sino para servir. Además, sólo cuando somos humildes, la gente más sencilla podrá acudir a nosotros con confianza.

Igualmente, San Fernando fue un monarca sabio, capaz de negociar con inteligencia y manejar las complejas relaciones entre los reinos cristianos y musulmanes. La sabiduría, tanto la académica como la que se obtiene a través de la reflexión y la escucha, sigue siendo clave para tomar decisiones justas y servir al bien común.

La generosidad fue otra de sus señas de identidad. San Fernando apoyó a los más necesitados, promoviendo obras de caridad y fomentando la construcción de hospitales. Hoy, la generosidad sigue siendo un valor fundamental para hacer frente al individualismo y a la indiferencia. Esta capacidad de dar sin esperar nada a cambio revela la verdadera grandeza de una sociedad o de una persona.

Aunque fue un guerrero, San Fernando prefería la paz. Sabía evitar el derramamiento de sangre cuando era posible y entendía que no todo vale, ni siquiera en tiempos de guerra. En el mundo actual, tan polarizado y dividido, debemos ser conscientes de que un buen fin no justifica medios inicuos, y empeñarnos en fomentar el diálogo, la reconciliación y la paz.

Finalmente, San Fernando fue un hombre de profunda oración. Buscaba la inspiración divina para discernir, decidir y actuar con sabiduría y misericordia. Cuidemos, también nosotros, la relación personal con Dios, pues Él nos ama y nos proporciona serenidad y fuerza para seguir con Él su camino de amor.

Que San Fernando interceda por todos, especialmente por los hombres y mujeres laicos de nuestra Iglesia, para que crezcamos en justicia, valentía, humildad, sabiduría, generosidad, paz y oración.