In Carta desde la fe, Obispo de Teruel y Albarracín

 

Un año más la Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes de Teruel y Albarracín ha promovido la peregrinación a Lourdes con enfermos de nuestra diócesis. También ha participado un grupo de internos de la cárcel de Teruel en la peregrinación organizada por la Hospitalidad de Zaragoza, en calidad de voluntarios. Unidos a hombres y mujeres del mundo entero, han vuelto del Santuario con el corazón lleno de esperanza. Allí, muchos piden a la Virgen la curación de sus enfermedades físicas y algunos la obtienen, pues la gracia de Dios también se manifiesta en la salud de nuestros cuerpos. Pero hay otros milagros, menos llamativos, más profundos y frecuentes, que transforman la vida desde lo más íntimo del alma.

Uno de ellos es hacernos capaces de aceptar la debilidad. En Lourdes, los enfermos se sienten acogidos, no como personas rotas sino como hijos amados de Dios, y descubren que su fragilidad no les impide ayudar a los demás y los acerca al encuentro con Dios. La mirada de la Virgen les ayuda a superar su lucha diaria con la enfermedad y a atreverse a entregarla en oración, reconociendo, como San Pablo, que en la debilidad se manifiesta la fuerza de Dios, que libera, sana y abre el corazón a una paz desconocida.

También se manifiesta en Lourdes el milagro de la solidaridad. Este bendito Santuario se convierte en un lugar donde jóvenes, adultos, ancianos e incluso personas privadas de libertad se hacen servidores de otras personas más débiles que ellos. Voluntarios que con ternura empujan las sillas de ruedas, enfermos que cuidan a otros enfermos, manos que se extienden sin hacer preguntas… Los internos de la cárcel de Teruel comentaban: “Era un evento tras otro. No parábamos. Pero te metes tanto en el papel, que te olvidas de ti. Ellos pasan a ser tu preocupación principal”. Este milagro nos recuerda que servir al otro es dejar que Cristo ame a través de cada uno de nosotros y que Él nos salve por medio de los que tienen más limitaciones.

Por último, se evidencia el milagro que más nos transforma: el de la reconciliación. En este Santuario, muchos corazones vuelven a encontrarse con el Señor después de haberse distanciado de Él durante años. El Sacramento de la Reconciliación se vive como un abrazo de misericordia y como una luz que penetra la oscuridad del alma. ¡Cuántas lágrimas sinceras han brotado de quienes, tras confesar sus pecados, se sienten profundamente renovados y amados! Este encuentro íntimo con Dios es, sin duda, una curación del espíritu que supera cualquier milagro físico.

Querida comunidad diocesana: Lourdes nos recuerda que el mayor milagro es esa transformación interior que permite vivir el sufrimiento con sentido, con amor y con fe.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

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