En Al ritmo de los acontecimientos

Eran las ocho y media de la tarde. La estación de Atocha estaba plagada como un hormiguero de viajeros. Fue unos días antes que fuéramos recluidos como eremitas a causa de la pandemia. Jóvenes con sus mochilas, gente con sus maletas… algunos de traje y maletín corrían aumentando la velocidad en las escaleras mecánicas.

Un joven (luego me dijo que tenía 47 años), sin la apariencia de un mendigo, tapado el rostro hasta los ojos con un foulard, se me acercó y dándome las buenas tardes me dijo: ¿me podría comprar algo para comer, aunque fuera una bolsa de patatas fritas?

A mí me faltaba poco más de cuarenta minutos para salir de viaje y la verdad es que antes pensaba cenar algo. Le invité a venir conmigo a uno de esos restaurantes de franquicia que plagan las grandes estaciones de tren. No se preocupe, de verdad, con cualquier cosa me basta, me dijo. Entonces tomamos el rumbo a una bocatería.

Nos sentamos en esas pequeñas mesas de menos de un metro cuadrado hechas escasamente para dos. Pedimos cada uno un bocadillo y una bebida. Y compartimos la diminuta mesa y el diálogo. Dos absolutos desconocidos frente a frente, pero había una extraña complicidad. Se quitó el pañuelo que le cubría la boca y la nariz. Me cubro el rostro porque me da vergüenza mendigar.

Carlo es italiano, y hablaba un perfecto castellano, con pequeños matices sonoros que delatan su origen. Había venido tras el amor de su vida y se encontraba en la calle sin nada, con un futuro truncado, esperando humillado que llegara el dinero que había tenido que pedir a sus padres. Compraré un buen saco de dormir y comenzaré el Camino de Santiago. Necesito parar, recomponer mi vida, hacer silencio en la soledad de mis pasos, preguntarme para qué vivo y en qué debo ocupar los años que me quedan.

Escuchaba sus palabras con unción, pues me hablaba al corazón. Como si fuésemos amigos de toda la vida y hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Desde el principio no hubo ninguna sospecha o filtros en nuestro diálogo. Partió el bocadillo por la mitad y me dijo lo guardaba para el día siguiente. El compartir el pan nos había hecho compañeros. Compré otra bebida y se la di.

Al final cada uno tomamos nuestro camino. Él se quedaba a dormir en la estación, yo volvía a mi casa. Antes de separarnos me dijo: ¿puedo darte un abrazo? Lo sentí como un gran gesto de caridad y de ternura para conmigo. Su conversación para mi había sido como una revelación. Sus afirmaciones habían sido preguntas para mi vida de fe. En el silencio del tren sentí la paz del corazón como un regalo de Dios y comencé a orar por mí y por la caridad que me hizo aquel caminante en busca de amor.

¡Ánimo y adelante!

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