En Al ritmo de los acontecimientos

Aquel mayo del 63, la señorita Lola, sacó de su bolso una caja de cerillas y cuidadosamente, delante de nuestros ojos infantiles, fue encendiendo tres de ellas. Después unió sus llamas y así nos explicó el misterio de la Santísima Trinidad, a un grupo de niños de catequesis de comunión, sentados en dos bancos de la iglesia parroquial.

Esa imagen de un mismo fuego sostenido por tres palitos de papel de cera, que cuando se separaban seguían siendo el mismo fuego, nos convenció de lleno, y tanto es así que tengo grabado, como una secuencia cinematográfica, ese momento en la retina. Quizás no es muy teológico, pero hay veces que un beso vale más que mil discursos sobre la esencia del amor.

También, hace ya más de 25 años, me impresionó escuchar que el teólogo y jesuita francés François Varillon dijese que, si Dios no fuese Trinidad, él se haría ateo. En un principio esto nos puede resultar chocante, o quizás escandaloso. Pero está claro que él había comprendido bien al Dios en quien creía. Dios, como dicen muchos predicadores, no es un “yo” egoísta, es un “nosotros”, una familia, una comunidad. De ahí que San Juan sintetice en una palabra todo conocimiento sobre Dios: “Dios es amor”. Porque no hay nada más unitario que el amor. Esta es nuestra vocación más profunda. Esta es la vocación de toda persona, al igual que Dios, vivir en el amor.

Esta revelación de Dios es revolucionaria, es decir que trastoca nuestra comodidad establecida y nuestro individualismo buscado. Si tenemos un Dios comunidad, y hemos sido hechos a su imagen y semejanza, sólo cabe la relación con los demás como parte de la vida espiritual, y solo cabe construir Iglesia como forma de vida. Toda tendencia hacia el individualismo no tiene que ver nada con el Dios en quien creemos.

Además, nosotros no tenemos más que un mandamiento: el del amor. Y es que amor es relación, es corriente de sentimientos, afectos y hechos vitales, es decir, que dan vida. Bastaría este conocimiento de Dios, como ser relacional, para sacar conclusiones de cómo es nuestro comportamiento humano y más aún ¿cómo somos creyentes? El amor es nuestro gen de eternidad, en el ADN de la humanidad. Equilibrar lo personal con lo comunitario, ya sea en la familia, en la sociedad o en la Iglesia, significa ser fieles a nuestro origen divino. Por eso es importante, también, vivir en Iglesia y no decir como muchos, yo creo en Dios, pero a mi estilo, que me dejen en paz, Dios sí, pero Iglesia no. Si es así, nos estamos a cercando a la vivencia de un ídolo –el dios hecho a mi imagen- y no al Dios de verdad, que es relación y comunidad, y que precisamente, es la Iglesia, el Pueblo Santo de ese Dios, y solo ella, la que nos lo ha trasmitido de generación en generación.

Si nos esforzamos por ser auténticos cristianos, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, convivamos en el hogar de la Iglesia, de una manera divina, es decir, creando siempre relaciones de Amor, este fuego abrasador que tiene que renovar la faz de la tierra.

¡Ánimo y adelante!

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