En Carta desde la fe

 

Aunque este año en el 1 de mayo celebramos el III Domingo de Pascua y la memoria de San José Obrero queda litúrgicamente en segundo plano, no podemos ignorar, ni como cristianos ni como ciudadanos, el impacto social del Día Internacional de los Trabajadores, así como sus justas reivindicaciones.

No todas las personas son tratadas con respeto ni disfrutan de condiciones dignas de trabajo. Muchas ni tan siquiera pueden contar con un empleo estable y seguro con el que ganar el sustento diario. También hay quienes, obsesionados con su trabajo, desatienden a sus familias y ponen en riesgo su salud, o trabajan únicamente pensando en ganar cada día más, para mejorar su estatus de vida y de consumo. Y, gracias a Dios, conocemos a hombres y mujeres que trabajan responsablemente y además dedican parte de su tiempo en favor del bien común y de los desfavorecidos.

Ante estas y otras realidades que presenta el mundo del trabajo, me ha parecido oportuno subrayar algunos principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, con el fin de que podamos situarnos evangélicamente en este ámbito, esencial para el desarrollo de la persona, la familia y la sociedad.

Recordemos, en primer lugar, que el trabajo humano continúa la tarea creadora de Dios; es una vocación recibida de Dios al concluir la creación del universo. Por ello, el trabajo nos hace semejantes a Dios, porque con el trabajo somos capaces de crear.

El trabajo es, además, un deber social. Somos herederos del trabajo realizado por generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido y somos artífices del futuro de quienes vivirán después de nosotros.

Por ello, el acceso a un trabajo digno es un derecho que la sociedad y sus gobernantes deben procurar a todos los ciudadanos, particularmente a los jóvenes. “Es difícil tener dignidad sin trabajar… Trabajo quiere decir llevar el pan a casa, trabajo quiere decir amar” (Francisco, 22/9/2013).

Apostar por un trabajo digno supone rechazar las tendencias materialistas y economicistas, que reducen a las personas a meros instrumentos o a piezas del engranaje de la producción, y unir nuestras voces a la del papa Francisco cuando denuncia la trata de personas, la esclavitud laboral que sufren los niños en muchos países y las condiciones de trabajo indignas en las que se debaten tantos seres humanos, sobre todo inmigrantes.

Finalmente, quisiera señalar que la Doctrina Social de la Iglesia advierte que no se debe ceder a la tentación de idolatrar el trabajo, porque el sentido último y definitivo de la vida humana está en Dios, fuente de vida, y no en el trabajo.

En este Día Internacional de los Trabajadores, uno mi oración y compromiso con el vuestro y el de tantos hombres y mujeres que se esfuerzan para conseguir que el trabajo humano recupere su dignidad para todas las personas, en nuestra tierra y más allá de nuestras fronteras.

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