En Carta desde la fe

 

En mis visitas a las parroquias y pueblos de esta Diócesis, me encuentro con muchísimas personas buenas, generosas, religiosas, humildes, capaces de grandes sacrificios por amor. Cuando puedo conocerlas un poco, compruebo que no son así por casualidad, sino porque hubo quien sembró en ellas la semilla de la fe, de la honradez y de muchos otros valores, que Dios ha hecho fructificar. Entonces, experimento la alegría de cosechar lo que otros sembraron y doy gracias a Dios de corazón.

Estas experiencias me reafirman en la convicción de que somos lo que somos gracias a la buena gente que nos ha precedido: generaciones de hombres y mujeres que, con las limitaciones propias de lo humano, empeñaron su vida en sembrar lo mejor de sí mismas en sus hijos y nietos.

Cuando caemos en la cuenta de esta realidad, nos alejamos tanto del orgullo como de la desesperanza. Si el orgullo nos hace pensar que las cosas buenas que hacemos se deben exclusivamente a nuestro esfuerzo, la vida y la Palabra nos recuerdan: «¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué viene tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? » (1 Cor 4, 7). Y cuando no nos faltan motivos para la desesperanza, la presencia de tantas personas buenas es un signo elocuente del amor de Dios, que nos acompaña y sostiene continuamente, tal como Jesús nos prometió: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

También nosotros hemos de sembrar semillas de fe, de ternura, de esfuerzo, de solidaridad en la familia, en la comunidad cristiana y en las personas con las que convivimos, para que no se rompa la cadena de bondad que hace posible la vida humana en la tierra, sabiendo que otros cosecharán lo que ahora nosotros sembramos. Hemos de sembrar con realismo y paciencia, pues hasta que el grano de trigo no se pudre en el corazón de la tierra, no brota la espiga. Sembremos con esperanza, ya que la muerte y resurrección del Señor Jesús, en quien creemos, nos convencen de que el amor siempre es fecundo y, como ha dicho el papa Francisco, «tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida» (Evangelii Gaudium, 279).

Os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.

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