En Carta desde la fe

 

Recuerdo mi visita, en el hospital, a una enferma muy querida para mí. Me contó su estado de ánimo, sus miedos, sus esperanzas, su modo de orar en la enfermedad… No he olvidado aquella conversación ni la extraña envidia que sentí, al darme cuenta de que ella, a pesar de sus limitaciones y graves problemas de salud, estaba aprovechando y disfrutando la vida más que yo.

No sé si fui capaz de animarla, pero estoy seguro de que aquel encuentro fue realmente sanador para mí. Me ayudó a caer en la cuenta de lo poco que valoro y agradezco la salud, la posibilidad de moverme, de trabajar, de encontrarme con amigos… Me hizo entender que es posible aprender a confiar, a compartir y amar en todas las situaciones de la vida, por complejas y dolorosas que sean. Y, sobre todo, me sirvió para conocer mejor a Dios, que siempre está a nuestro lado, también cuando nos resulta difícil percibirlo, ofreciéndonos su mano para rescatarnos de la soledad y de la desesperanza.

El encuentro con los enfermos, especialmente cuando padecen patologías graves y prolongadas, es doloroso. Sin embargo, en esta sociedad que muestra tan escasa tolerancia al dolor y a la frustración, hay que reivindicar el poder sanador y humanizador que tiene la cercanía de las personas enfermas.

Por ello, me atrevo a deciros una palabra de esperanza, con motivo de la Pascua del enfermo, en primer lugar a vosotros, enfermas y enfermos; para que no os encerréis a solas con vuestro dolor y os atreváis a compartir vuestros miedos, preocupaciones y anhelos, con Dios y también con la familia, con los amigos de confianza, con los sacerdotes y los agentes de pastoral de la salud. Aunque podáis sentiros una carga, no dudéis de que aportáis mucho a vuestras familias y a las personas que os rodean.

También desearía dirigirme a quienes tenéis miedo a la enfermedad y os resulta difícil visitar a los enfermos, o a quienes buscáis ansiosamente en un fármaco el alivio de cualquier sufrimiento físico o psicológico. Tratad de acercaros a quienes sufren, para experimentar su fuerza sanadora, y tened en cuenta que el dolor y la enfermedad no sólo nos hablan del final de la existencia, sino que también pueden abrirnos la puerta a una vida más humana, más esperanzada y más confiada en el amor de Dios.

Quiero, además, dar gracias a Dios por todo el personal sanitario y por los que ejercéis de buenos samaritanos con los enfermos, en las familias, los hospitales y las residencias. Aunque en muchas ocasiones os podáis sentir impotentes, sabed que hacéis mucho bien con vuestra cercanía y con vuestro acompañamiento respetuoso y cordial. Y dejaos cuidar, para que podáis vivir con dedicación y cariño ese “ministerio de consolación” que ejercéis con los hermanos enfermos.

A todos, hermanas y hermanos, os saludo muy cordialmente en el Señor.

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