En Carta desde la fe

 

Hace ya unos años, tuve la ocasión de escuchar el testimonio de una mujer migrante, venida de un país del este de Europa a Aragón. Resumo sus emocionadas palabras: “Vinimos recién casados, sin dinero y con una deuda de 1.000 euros, que gastamos para llegar a esta tierra… Yo estaba embarazada. Hasta que encontramos empleo y vivienda, dormíamos a la intemperie. Trabajamos mucho, nuestros hijos crecieron y pudimos comprar una casa modesta. Desde hace años, tenemos la satisfacción de pagar impuestos en España”. Nunca hasta entonces había oído a una persona decir que tenía la satisfacción de pagar impuestos.

Comparto esta experiencia con motivo de la Jornada mundial del Migrante y del Refugiado, en la que el Papa Francisco nos invita a mirar al futuro con esperanza: “A la luz de lo que hemos aprendido en las tribulaciones de los últimos tiempos, estamos llamados a renovar nuestro compromiso para la construcción de un futuro más acorde con el plan de Dios, de un mundo donde todos podamos vivir dignamente en paz”.

El Santo Padre recuerda que “nadie debe ser excluido”, ya que el Reino de Dios “es esencialmente inclusivo y sitúa en el centro a los habitantes de las periferias existenciales. Entre ellos hay muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas de la trata. Es con ellos que Dios quiere edificar su Reino, porque sin ellos no sería el Reino que Dios quiere. La inclusión de las personas más vulnerables es una condición necesaria para obtener la plena ciudadanía”.

No se trata sólo de acogerles y ayudarles: “Construir el futuro con los migrantes y los refugiados significa también reconocer y valorar lo que cada uno de ellos puede aportar al proceso de edificación… De hecho –dice el Papa– la historia nos enseña que la aportación de los migrantes y refugiados ha sido fundamental para el crecimiento social y económico de nuestras sociedades. Y lo sigue siendo también hoy. Su trabajo, su capacidad de sacrificio, su juventud y su entusiasmo enriquecen a las comunidades que los acogen… En esta perspectiva, la llegada de migrantes y refugiados católicos ofrece energía nueva a la vida eclesial de las comunidades que los acogen”.

Es verdad que nos cuesta abrirnos a personas desconocidas, cuya cultura y costumbres ignoramos, y que en ocasiones la diversidad genera conflictos. Pero no podemos dejar de reconocer la contribución de los hombres y mujeres migrantes que, como la familia a la que me he referido al principio de esta carta, no solo han construido un futuro para ellos; también están colaborando –no solo con sus impuestos– al crecimiento de nuestra sociedad, a que “el proyecto de Dios sobre el mundo pueda realizarse y venga su Reino de justicia, de fraternidad y de paz”.

A los que habéis nacido y vivís en estas tierras turolenses y a quienes habéis venido de lejos, os saludo muy cordialmente en el Señor.

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