En Carta desde la fe

 

Hace años escuché el testimonio de una persona que dedicaba dos horas diarias a meditar, a reflexionar e interpretar sus vivencias íntimas y su vida social. Explicó que, cuando comenzó esta práctica, el silencio le resultaba casi insoportable, pero poco a poco se fue convirtiendo en el espacio más deseado y enriquecedor del día. Tras su brillante defensa de la importancia de hacer silencio, sorprendió a muchos al confesar su agnosticismo. Entonces caí en la cuenta de que hacer silencio y meditar son necesidades de todo ser humano, sea creyente o no.

La meditación es una práctica imprescindible, si queremos resguardarnos del chaparrón de informaciones y opiniones que puede empaparnos. La reflexión pausada nos ayuda a ser más libres, porque nos da una mirada más aguda, para descubrir los mecanismos del mundo que queremos mejorar, para abrazar la verdad y rechazar la mentira de quienes pretenden controlar, conforme a sus intereses, nuestro modo de percibir la realidad, de pensar y de comportarnos.

El silencio también nos ayuda a conocer e interpretar mejor nuestro mundo interior, en el que conviven alegrías y enfados, desilusiones y esperanzas, deseos de venganza y de reconciliación, mociones que tiran de nosotros hacia lo más alto y hacia lo más bajo. La meditación nos permite no perder el norte en esa tormenta de sensaciones contrapuestas, en la que a veces se convierte nuestro corazón.

Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta apagar la televisión, el ordenador o el teléfono móvil, para analizar con paz las experiencias vitales y plantearnos serenamente las decisiones a tomar! Cuando no cultivamos el silencio, vivimos “a tontas y a locas”, como se dice con lenguaje coloquial, y se extiende la llamada “epidemia de superficialidad”.

Para quienes creemos en Dios, hacer silencio y meditar debería ser una prioridad, porque en ocasiones hasta la oración personal y las celebraciones comunitarias se asemejan a una catarata de palabras, gestos y canciones, en las que se echan de menos «espacios de silencio, en los que pueda emerger otra Palabra, es decir, Jesús, la Palabra»; espacios en los que «damos la posibilidad al Espíritu de regenerarnos, de consolarnos, de corregirnos» (Audiencia del papa Francisco, 15 de diciembre de 2021). Además, en este tiempo sinodal que estamos viviendo en la Iglesia, el silencio es el ámbito idóneo para la escucha de Dios y de las personas.

Procuremos, en esta Cuaresma, no vivir “a tontas y a locas”. Al menos, dediquemos cada noche unos minutos a examinar cómo hemos vivido la jornada, para valorar y agradecer el bien realizado y los dones recibidos, para ser más conscientes de nuestros errores y ponerles remedio, para prestar oídos a las inspiraciones de Dios, que podemos intuir en las experiencias más gozosas y más tristes de la existencia.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

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