En Carta desde la fe

 

Algunas veces la tristeza nos pone contra la pared y tenemos la sensación de que las dificultades se agrandan mientras que nuestras fuerzas menguan; en otras ocasiones, nos falla la voluntad para llevar a término los compromisos adquiridos, no sabemos qué hacer para ayudar a quienes amamos, o no nos atrevemos a afrontar nuestra “zona oscura”. Todos sufrimos, en algún momento, situaciones de ahogo.

No hay recetas fáciles para superarlas. Sin embargo, hay algo que casi siempre ayuda: compartir nuestras preocupaciones, no con cualquiera, sino con una persona adecuada. Comunicar los agobios mejora casi siempre la situación, al sentirnos comprendidos y acompañados. Aunque el otro sólo sea capaz de escucharnos, poner palabras a lo que nos pasa ayuda a identificar el problema y ver más claramente sus verdaderas dimensiones, que a veces se agigantan en la soledad de nuestros pensamientos. Al comunicarlos, podemos encontrar estrategias para afrontarlos con realismo y esperanza.

En esta recomendación coinciden los maestros espirituales y los profesionales de la psicología. Los padres del monacato, ya en el siglo III, observaban y analizaban sus pensamientos y sentimientos en el silencio de su celda eremítica, pero también compartían regularmente sus dudas e intuiciones con sus padres espirituales, para llegar a entender mejor sus personales vivencias. Así fue surgiendo la llamada “confesión de los monjes”, que se anticipó al coloquio terapéutico, desarrollado posteriormente por la psicología moderna.

Sin embargo, frecuentemente encontramos dificultades para practicar esta comunicación de corazón a corazón. Podemos pensar que no vamos a ser bien comprendidos, tememos que nuestro interlocutor nos juzgue negativamente y deje de apreciarnos; incluso llegamos a convencernos de que esto sirve para otros, pero no para nosotros, porque en el fondo creemos que no tenemos solución. Evidentemente, son excusas que debemos desechar.

Dios mismo nos invita a desahogar nuestro corazón con Él, aunque Él ya conozca nuestros agobios. Con los salmos rezamos: «De Dios viene mi salvación y mi gloria, él es mi roca firme, Dios es mi refugio. Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón: Dios es nuestro refugio» (Sal 62); «a voz en grito clamo al Señor, desahogo ante él mis afanes, expongo ante él mi angustia» (Sal 142). Además, su Palabra nos anima a confiarnos a personas sensatas: «Recurre siempre a un hombre piadoso, de quien sabes seguro que guarda los mandamientos, que comparte tus anhelos y que, si caes, sufrirá contigo» (Eclo 37,12).

En el Sacramento de la Reconciliación –tan olvidado y, a la vez, tan enriquecedor– también podemos desahogar nuestro corazón. Además, tenemos la oportunidad de experimentar el amor de Dios, que nos abraza con todas nuestras miserias, nos ofrece su perdón gratuito y nos da la fuerza de su Espíritu, para seguir adelante con más paz y esperanza.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

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