En Carta desde la fe

 

¡Cómo duele a cualquier persona de bien la situación de Tierra Santa! El daño que se provoca a una niña israelí o palestina hiere a toda la humanidad. Los hombres y mujeres del mundo entero –lo reconozcamos o no– estamos unidos, interconectados, como los diversos órganos de un cuerpo: «si un miembro sufre -dice San Pablo– todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

Contemplamos las imágenes de Tierra Santa y experimentamos una gran impotencia. ¿Qué podemos hacer? Tanto el papa Francisco como el patriarca latino de Jerusalén nos invitan a rezar y ayunar. Puede parecer inútil, pero estamos convencidos de que, lo mismo que nosotros sentimos el dolor de las personas que sufren allí, a ellas también les llega nuestra cercanía espiritual.

Ayunamos porque tener hambre un día, voluntariamente, favorece la solidaridad con quienes no disponen de alimentos y tienen que dejar sus casas estos días, para salvar sus vidas.  El ayuno de comida, que depura el cuerpo de tantas toxinas, nos puede ayudar a purificar el corazón; ayunando de resentimientos, indiferencia, deseos inútiles de tener más; de la tentación de luchar contra el mal utilizando la violencia, de todo lo que nos separe del amor a Dios y a los hermanos.

Ayunamos y oramos. Rezamos a Dios, no porque Él necesite de nuestra oración para ser bueno y acabar de un plumazo con todos los conflictos. Rezamos a Dios, para que en el encuentro con Él, pueda purificarnos y contagiarnos su compasión, su misericordia, su paz, su justicia, su amor; y todos nosotros, sus hijas e hijos, podamos ser pacíficos y pacificadores. Rezamos porque la paz es un don de Dios, un don que hemos de cultivar responsablemente, con la ayuda de su gracia.

No podemos rezar por la paz, si no nos empeñamos en construir la paz en nuestra vida cotidiana. En efecto, con motivo de la ley de Cultura de Paz de las Cortes de Aragón, los obispos aragoneses escribimos: «Se habla de “cultura de paz” porque la paz no se logra sólo con un acto aislado de alto el fuego o de reconciliación, sino que requiere, para que sea estable y duradera, un modo de vivir, de relacionarse, de afrontar los conflictos renunciando a las vías violentas, buscando la justicia y la verdad. Trabajar por la paz es el arte de tender puentes una y otra vez, en cada familia, en cada pueblo o ciudad, en cada nación, aunque las orillas estén lejos o el egoísmo humano haya levantado muros de incomprensión».

Acojamos, queridos hermanos y hermanas, las palabras de Jesús: «Paz a vosotros… Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Jn 20,21, Mt 5, 9), para que Él nos sugiera caminos para ser instrumentos de su paz, aquí y en cualquier rincón del mundo.

Un saludo muy cordial en el Señor.

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