En Carta desde la fe

 

Al cumplirse sesenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, el papa Francisco nos invita a redescubrir su riqueza. Impulsado por esta invitación, deseo proponeros en mis próximas cartas dominicales unas breves reflexiones sobre los cuatro pilares básicos del Concilio: las tres constituciones dogmáticas “Lumen Gentium”, “Dei Verbum”, “Sacrosanctum Concilim” y la constitución pastoral “Gaudium et spes”. Quisiera reflexionar con vosotros sobre la importancia decisiva de este Concilio para nuestra Iglesia y animaros a conocerlo mejor.

Hoy, a modo de introducción, recuerdo el discurso de san Juan XXIII, en la Solemne apertura del Concilio Vaticano II. Aquel jueves 11 de octubre de 1962, resonaron las palabras emocionadas del Pontífice, invitando a toda la Iglesia a alegrarse, «porque, gracias a un regalo singular de la Providencia Divina, ha alboreado ya el día tan deseado en que el Concilio Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente aquí, junto al sepulcro de San Pedro, bajo la protección de la Virgen Santísima».

Frente a los detractores, que veían con gran temor la convocatoria del Concilio, y de quienes pretendían romper con la Tradición de la Iglesia, el Santo Padre, explicó sus intenciones: «el gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea».

Estas palabras de Juan XXIII son como una llave que nos permite acceder a los tesoros del Concilio. De igual modo, el papa Benedicto XVI, en su discurso del 22 de diciembre de 2005, invitó a toda la Iglesia a comprender los textos conciliares en clave de reforma: «de la renovación dentro de la continuidad». Así deberíamos leer también los documentos del Sínodo de los obispos, en fidelidad a la Tradición de la Iglesia y abiertos a la eterna novedad del Espíritu (cf. Jn 16,13). En aquel tiempo y en el nuestro, el camino de la Iglesia es siempre la fidelidad y el dinamismo. No cabe ruptura ni inmovilismo.

Finalmente, quisiera subrayar algunas actitudes que San Juan XXIII destaca en su discurso de apertura. Ante los errores, «la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad». Frente al pesimismo de los «profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos», el papa proclama: «la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados». Ante las discordias, «debe promoverse la unidad de la familia cristiana y humana»

Reavivemos, queridos hermanos y hermanas, estas actitudes de fidelidad y renovación, de misericordia, esperanza y unidad. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

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