En Carta desde la fe

 

Las fiestas de Navidad y del Año Nuevo son momentos propicios para las bendiciones, es decir, para decir bien o desear algo bueno a una persona. Deseamos la felicidad y la paz a los que queremos y a quienes más sufren. En el primer día del año, fiesta de Santa María Madre de Dios, la liturgia nos ofrecerá la bendición de Dios a la humanidad con estas palabras del libro de los Números: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz».

En este contexto navideño, hemos conocido la Declaración Fiducia supplicans, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, de la Santa Sede, que expone el sentido pastoral de las bendiciones y abre la puerta a «la posibilidad de bendecir a las parejas en situaciones irregulares y a las parejas del mismo sexo», expresando así «el abrazo misericordioso de Dios y la maternidad de la Iglesia». En efecto, Dios «es padre, es madre» y «no aleja nunca al que se acerca a Él»; nos ama incondicionalmente, sea cual fuere nuestra situación y los pecados que hayamos cometido. La Iglesia, por su parte, «acoge a todos los que se acercan a Dios con corazón humilde, acompañándolos con aquellos auxilios espirituales que permiten a todos comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su existencia».

La Declaración de la Santa Sede nos ayuda a apreciar la actitud de quienes se acercan a la Iglesia solicitando una bendición: «la petición de una bendición expresa y alimenta la apertura a la trascendencia, la piedad y la cercanía a Dios en mil circunstancias concretas de la vida, y esto no es poca cosa en el mundo en el que vivimos. Es una semilla del Espíritu Santo que hay que cuidar, no obstaculizar». La Declaración también explica el valor de estas bendiciones, no incluidas en un rito litúrgico, «sobre aquellos que, reconociéndose desamparados y necesitados de su ayuda, no pretenden la legitimidad de su propio status, sino que ruegan que todo lo que hay de verdadero, bueno y humanamente válido en sus vidas y relaciones, sea investido, santificado y elevado por la presencia del Espíritu Santo».

Finalmente y para evitar equívocos, quisiera aclarar que las bendiciones a las parejas en situaciones irregulares y a las parejas del mismo sexo no equiparan estas uniones con el matrimonio, entendido por la Iglesia como «la unión exclusiva, estable e indisoluble entre un varón y una mujer». De hecho, dicha Declaración, manteniéndose firme en la doctrina tradicional sobre el matrimonio, no permite «ningún tipo de rito litúrgico o bendición similar a un rito litúrgico que pueda causar confusión».

Con ésta mi última carta de este año, deseo a todos un buen 2024. Lo será si nos acercamos a Dios, fuente de toda bendición, y bendecimos, “decimos bien”, de sus hijos e hijas.

 

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